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Los wayuú, tradición de siglos reflejada en artesanías

Carmen Cuadrado, de la comunidad de tejedoras wayuú de Portete, en La Guajira, es la líder de un grupo de 20 artesanas que elaboran mochilas y chinchorros como lo hacían sus abuelas y las abuelas de sus abuelas…

  • Una mochila wayuú original puede costar el equivalente a 500.000 pesos en un almacén de Londres.
  • Oficio enseñado de generación en generación.

 

Por: Jaime Rivera García

RIOHACHA, 15 ago. (Colombia-inn) – Cada mochila o chinchorro wayuú tiene plasmada una tradición ancestral de siglos con unos saberes transmitidos de generación en generación. En ellos se pueden ver unas manos hábiles de piel morena tostadas por el sol, entrelazando hilos, amor y respeto por sus costumbres…

Con cada mochila wayuú abrimos una puerta hacia el pasado y hacia esa tierra lejana, árida y salada, bañada por la inmensidad del Caribe nuestro.

En una mochila o un chinchorro (hamaca) wayuú observamos color, vida, movimiento…

Y si caminamos por el agradable malecón de Riohacha, vemos exhibidas esas artesanías milenarias, indebidamente explotadas, disponibles para el turista.

Y si nos adentramos un poco más en el territorio de La Guajira, encontraremos varias comunidades auténticas wayuú intentando negociar con este mundo distinto, poblado de “arijonas” (blancos), para poder vender sus productos tradicionales y obtener unas ganancias que invertirán en más hilos y en comida y agua para sus hijos.

Así encontramos a la comunidad de artesanas wayuú de Portete, pequeña población del norte del departamento de La Guajira.

La calidad del tejido, colorido y dibujos de las mochilas wayuú es reconocida mundialmente.

Trabajo comunitario

La señora Carmen Cuadrado parece ser la directora de la comunidad y es quien toma la vocería de su grupo. “Nosotros estamos agrupadas. Somos 20 artesanas que siempre nos ponemos de acuerdo para vender artesanía. Los turistas a veces van a Portete, después de pasar por Punta Gallina, entran y nos compran”.

Sus frases son cortas. Piensa antes de hablar y calla un rato antes de continuar. “Si los arijonas quieren hacer compras por negocio deben contactarnos. Tienen que hablar con todas. Que la comunidad los vea, que conversemos. Los arijonas nos pueden ayudar a vender. Todas debemos saber qué hacemos. Nos ponemos de acuerdo para poder vender y comer”.

La comunidad de artesanas es abierta a los negocios. Saben que si trabajan con disciplina siempre dispondrán de comida para sus familias. “Si el arijona quiere comprarnos debe visitarnos, conocernos y hablar con nosotras debajo de nuestra enramada y compartir un tinto, una mazamorra o una chicha”.

Saben que sus productos le han dado la vuelta al mundo, que son famosos y que en Riohacha una mochila original de un hilo puede costar 50 dólares y que en Londres su valor se puede multiplicar por tres.

Ahora la señora Carmen está en una casa de Riohacha acompañada de dos mujeres jóvenes, otra mujer de edad, dos bebés y una niña de unos cinco años. Todas, con excepción de los bebés, trabajan. La señora de edad introduce varios hilos entremezclados entre el dedo gordo y el segundo dedo del pie. Los estira. Después los empieza a enrollar en uno solo, como si mezclara pequeños gusanitos de plastilina. El lazo es fuerte.

La señora de edad se ríe de la curiosidad de los periodistas y explica: “Cuando uno hace un chinchorro tiene que ‘torcer’ varios hilos muy bien para que sea fuerte. En Portete se hace con un palo, algunos le dicen ‘tamuro’. Esto lo hacemos desde niñas. Si no lo hacíamos, la mamá nos regañaba. Tenemos que trabajar en esto porque no tenemos plata y hay que comer. Nosotros enseñamos a las hijas y las nietas. A los hijos hay que sentarlos también (más risas)”.

Mujeres wayuú de todas las edades trabajan desde muy jóvenes en la elaboración de artesanías.

Retorno a sus ancestros

La señora Carmen tuvo oportunidad de estudiar y culminó sus estudios de enfermería; conoce los dos mundos: el de los arijona y el de los wayuú y se quedó con el de sus ancestros.

Debido al momento extremadamente doloroso que vivió su comunidad en 2004, cuando un grupo de paramilitares entró a la comunidad en Portete y arrasó con la vida de muchos de sus compañeros, la mayoría tuvo que partir hacia Venezuela. Pero la delicada situación en el vecino país los hizo regresar.

“Nos fuimos. Allá duramos 12 años. Llevamos dos años regresando. Estamos llegando por grupos. Poco a poco volvemos. Nuestros productos aquí tienen salida. Uno vende. Estamos regresando a nuestros usos y costumbres que es lo que siempre hemos tenido. Podemos vivir de las mochilas y los chinchorros, como lo hacían los ancestros”, explica.

La vida va retomando su rumbo lentamente. A la señora Carmen no parece entrarle el afán. Sabe que en sus tradiciones, costumbres y saberes está centrada su existencia. Sabe que trazando un puente entre estos dos mundos hará que unos descubran algo y los otros vivan con dignidad.