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Juan Fernando Chica, un caficultor que le apostó a un nuevo modelo de negocio, los cafés especiales

Juan Fernando Chica heredero de una tradicional familia cafetera que apostó por la innovación, los cafés especiales. Foto Alejandro Tovar.

Por Carlos Osorio Pineda

SANTA ROSA, Risaralda, 25 mar (Colombia-inn) – Juan Fernando Chica es el heredero de un legado cafetero de muchos años, durante los cuales su familia ha sembrado con amor el grano símbolo de la pujanza colombiana. Sin embargo, este caficultor risaraldense rompió con la tradición de sembrar variedades como el caturro y se involucró en un negocio que implica riesgos y mayores inversiones: los cafés especiales.

Y no le ha ido mal. El suyo es un negocio pujante que parte del cultivo de un buen número de variedades especiales en su finca La Rivera, ubicada en las montañas del municipio de Santa Rosa de Cabal, a poco más de 15 km de Pereira.

En poco más de 30 hectáreas de La Rivera, Chica cultiva cafés como el maragogipe, moka, rume sudán, tekisic, bourbon amarillo, bourbon rojo; laurina, que es un grano descafeinado naturalmente; y otros como el geisha.

“Nuestra finca es innovadora porque estamos tratando de producir un café diferenciado, un café que tenga un valor superior para los consumidores por sus atributos de taza, su complejidad en la boca, y por el gusto que le brinde a una persona cuando lo toma”, dice Chica, al definir el grano que se cultiva en su finca y que se comercializa como café exótico, con el nombre de Uba.

Esas propiedades, más la entrega y el cuidado que Chica le imprime a su café, hacen que su empresa sea destacada como ejemplo por parte de la misma Federación Nacional de Cafeteros, y que incluso le hayan hecho merecedor, en 2016, a uno de los premios del Yara Champion Program, por las buenas prácticas de nutrición para maximizar la calidad y productividad de sus cultivos.

De acuerdo con el caficultor, “Estamos modificando ligeramente los procesos de beneficio, (transformación del fruto del árbol en un café de alta calidad), o utilizando semillas diferentes, y eso es innovador en el sentido de que lo estamos haciendo como pocos cafeteros lo hacen, aunque no quiere decir que nos estemos inventando estos procesos”.

“Es innovador hacerlo en un país en el que la tradición cafetera ha sido diferente. Y eso implica riesgos porque uno no sabe si va a funcionar o no. Implica sobrecostos porque hay que hacer adaptaciones, construir nuevas plantas de beneficio, emplear fertilizantes diferentes, e incluso contratar mano de obra más capacitada y más costosa”, explica Chica.

Para este emprendedor cafetero, en definitiva, apostar por los cafés especiales implica mayores costos, además de una baja en la productividad. “Estamos apostándole a la calidad y no a la cantidad, y eso hace que se generen ciertos temores”, enfatiza.

Ello porque, mientras que en una finca tecnificada, con la tecnología de Cenicafé (Centro Nacional de Investigaciones del Café), se puede hablar de un promedio de producción de 220 a 230 arrobas por hectárea, en otra, pero cultivada con un tipo de café especial, apenas se puede terminar en un promedio de 130 o 140 arrobas por hectárea.

Es la diferencia con los caficultores tradicionales que se resisten a arriesgar más allá de lo que les significa cultivar las tradicionales variedades Caturra o Variedad Colombia, y de estar a la expectativa de si el precio interno aumenta o no, o de si baja o no la cotización internacional, además de otros factores que inciden en lo que se les paga por su grano.

Pero la ganancia para los cultivadores de café especial radica en que los compradores que quieren degustar un mejor producto, pagan dos o tres veces más por ese tipo de grano, y ese es, ahora, el modelo de negocio que cafeteros como Chica están desarrollando e impulsando nacional e internacionalmente.

“El consumidor valora esa calidad de café y lo paga dos o tres veces por encima. El costo unitario termina siendo más alto, pero es que en esto hay muchos riesgos porque la línea entre sacar un excelente café y uno defectuoso, es muy delgadita. Es un proceso mucho más complejo “, advierte Chica.

Para comercializar su producto, este innovador cuenta con una tienda en Pereira, donde no solo ofrece el grano empacado, tostado o molido, sino que también imparte cursos de preparación de café, y vende a diversas cafeterías del país.

Y para destacar, Chica exporta café verde a países como Japón, Bélgica, Estados Unidos y otras partes del mundo, gracias a tostadores que llegan del exterior y se interesan por el producto, luego de degustarlo.

“Tratar de hacer las cosas lo mejor posible, asesorarse con los mejores, revisar toda la literatura posible sobre el tema, estar pendientes de las historias de otros emprendedores, y ‘pegarse de todos los santos’ porque en esto hay también mucho de suerte, así como intentar hacer, no importa los obstáculos”, son algunos de los consejos de este exitoso empresario para otros que quieran seguir sus pasos.

Para el cultivador, las nuevas generaciones de colombianos están buscando cafés exóticos, cafés que les brinden nuevas sensaciones, y por eso ya es normal salir a una ciudad importante y encontrar cafés llenos de jóvenes, con música para jóvenes, y con una ambientación totalmente diferentes a las cafeterías donde nuestros padres y abuelos se tomaban un tinto.

“Eso, concluye Chica, es muy alentador para quienes trabajamos en este nuevo frente de la caficultura colombiana”.

En la finca La Rivera, de Juan Fernando Chica, se cultivan diversas variedades de café como Moka, Gheisa, maragogipe, moka, rume sudán, tekisic, entre otras. Foto Alejandro Tovar.