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Asoproají, un emprendimiento social para superar el conflicto

Asoproají es un emprendimiento de víctimas del conflicto armado, que en el departamento de Guaviare cultiva, procesa y comercializa ají, como un proyecto de vida para superar la violencia. (Foto Nicolás Acevedo).

  • Hace dos años y como resultado de una historia de desplazamientos y despojo, fue creada Asoproají, organización que reúne a 21 familias que fincan sus esperanzas en el cultivo, procesamiento y comercialización de ají.
  • Aunque se trata de un emprendimiento social, que ya tiene en bodega cerca de 4.000 kilos del producto, hace falta apoyo de autoridades locales para poderlo comercializar.
  • La Asociación procesa y envasa ají en salsa y ají en polvo, además de vender la materia prima a otros distribuidores que lo comercializan con marcas propias.

Por Carlos Osorio Pineda

SAN JOSÉ DE GUAVIARE, 31 mar (Colombia-inn) – La violencia, el desplazamiento, la desintegración familiar, no fueron obstáculos para que María Otilia Parra, en compañía de 11 mujeres víctimas  del conflicto, dieran vida a Asoproají, organización con la que quieren dejar atrás su pasado y construir un futuro próspero en el departamento de Guaviare.

“Asoproají es una organización que conformamos un grupo de mujeres víctimas de la violencia. Mujeres que se quedaron sin esposos por culpa del conflicto y se convirtieron en cabezas de familia. Otras, como en mi caso, nos dividimos como familia: los hijos por un lado y nosotros rebuscándonos por otro para poder sobrevivir”, precisó María Otilia, en diálogo con Colombia-inn.

Miembros de la Junta Directiva d Asoproají, coordinados por doña María Otilia Parra (tercera de izquierda a derecha), posan optimistas frente al centro de acopio del emprendimiento que reúne a 21 familias del departamento de Guaviare (Foto, Nicolás Acevedo).

La historia de muchos campesinos colombianos

La historia de esta mujer y de su esposo Pablo es la de muchas familias campesinas afectadas por la violencia y el conflicto de más de medio siglo.

“Con mi esposo salimos de Cubarral (Meta) y nos fuimos a la vereda El Águila, de Mapiripán, pero a los dos años nos alcanzó el conflicto y como teníamos dos hijos varones, nos dijeron que teníamos que entregárselos”, relató la representante de Asoproají, sin precisar el grupo del que provenían las exigencias.

En el Centro de Acopio, ubicado en la vereda Santa Rita, a una hora y media de San José de Guaviare, y rodeada por los miembros de la Junta Directiva de la Asociación de Cultivadores, Procesadores y Comercializadores de Ají del Guaviare (Asoproají), María Otilia recordó que para entonces ella era la presidenta de la Junta de Acción Comunal.

“Si no atendíamos a esos llamados nos volvíamos objetivo militar. Entonces comenzaron a mandarnos boletas a la casa y a decirnos que como no aportábamos, debíamos salir de la región. Lo que hicimos fue mandar a los muchachos a Villavicencio y nosotros nos quedamos”, agregó.

“Aguantamos seis meses hasta que nos dijeron que nos teníamos que ir o que de lo contrario pagaríamos con la vida o de nuestros hijos, que según ellos, ya sabían dónde estaban”, anotó.

Corría el 2006 y la situación se fue complicando hasta que una tarde un amigo de su esposo Pablo, los visitó y les pidió que no arriesgaran más la vida y que se fueran porque sabía que esa misma noche “les iban a llegar y los iban a acabar. “Vaya don Pablo y arregle las cositas y mejor se van porque lo material se consigue, pero la vida no”, les dijo el hombre.

Y así fue. Esa misma noche, apenas con una muda de ropa caminaron tres horas hasta llegar a la carretera a esperar un transporte que, aunque sólo llegaba por allí una vez al mes, ese día tenía que pasar. Atrás quedó la finca con 217 reses, dos hectáreas sembradas de coca, chivos, gallinas, marranos, además de cultivos de plátano y yuca, entre otros.

Llegaron a Villavicencio y de allí, en el 2009, se trasladaron a San José del Guaviare a la finca que había comprado el esposo de una de sus hijas, pero un día la dueña de un predio a donde don Pablo había ido a pedir unos plátanos le propuso intercambiarlo por un viejo automóvil que él tenía. Después de pensarlo, así lo hicieron.

El origen de un emprendimiento social

El terreno estaba sembrado con algunos árboles de plátano y una mata de ají que cuando daba cosecha, los frutos se esparcían por cantidades en el suelo. A pesar de la oposición de amigos y vecinos, decidieron sembrar piña. La primera cosecha estuvo bien vendida. Luego, el precio se desplomó.

“Un día una amiga y funcionaria del Fondo Mixto nos visitó y cuando vio la mata de ají nos dijo: ‘ustedes porque dejan perder la plata. Recojan ese ají y el que esté maduro lo secan, lo muelen y me lo llevan que yo se los compro”, recordó María Otilia.

Y continuó: “Así fue, lo llevamos y nos dio 50.000 pesos por el kilo. Para nosotros en ese momento era un platal. Mi esposo me dijo que eso estaba bueno y que le preguntamos a la doctora que si nos iba a seguir comprando. Entonces nos respondió que sí, que hasta 10 kilos o más”.

“Lo que hicimos fue ponernos a sembrar como un cuarto de hectárea, a partir de la semilla de la planta que encontramos. Recogimos cantidades, pero la doctora ya no nos pudo comprar lo que producíamos, el precio también bajó”, señaló.

Sin embargo, continuaron cultivando hasta que luego de acumular una buena cantidad del producto “en el Sena, donde había recibido capacitación, me dijeron que tenía que salir a buscar mercados. Molimos como 25 kilos y nos fuimos para Villavicencio. Visitamos restaurantes, salsamentarias y plazas de mercados. Vendimos todo y nos pidieron más. Nos lo pagaron a 40.000 pesos el kilo”, recordó con alegría la emprendedora.

En 2012, la invitaron junto con otras campesinas a un taller de mujeres ahorradoras y las motivaron para presentar un proyecto asociativo y productivo.

Con 11 de sus compañeras, que conocían de su cultivo, decidieron conformar la Asociación. El compromiso era sembrar media hectárea cada una porque, incluso, por esos días me contacté con Papas Margarita que nos pidió 500 kilos. “Con mi esposo apenas producíamos 50 kilos. Mientras nos organizamos, Papas Margarita consiguió otro proveedor”, expresó con nostalgia María Otilia.

Los cinco centavos para el peso. Hace falta apoyo

Sin embargo, la falta de recursos sólo les permitió formalizarse como Asociación en 2015, y a pesar de que ya son 21 sus integrantes, y de que en tan solo dos años pudieron adquirir la maquinaria y la infraestructura necesaria, aún les falta cumplir con algunos requisitos legales para poder comercializar su producción.

Y eso que en sus bodegas reposan 4.000 kilos del producto, para el que tienen pedidos, incluso, desde Estados Unidos, pero que no pueden despachar sino tienen los documentos en regla, y para ello les hacen falta unos 10 millones de pesos.

Es decir, los cinco centavos para el peso. Si no venden la producción, no obtienen ingresos, y como en un círculo vicioso, sin ingresos no podrán conseguir los documentos faltantes.

Frente a esa problemática, la Cámara de Comercio de San José, consciente de que se trata de un proyecto social que se enmarca dentro de las políticas de sustitución de cultivos y programas de desarrollo en zonas afectadas por el conflicto, se encuentra en la tarea de apoyar a los ajicultores, y realiza esfuerzos para que las autoridades del departamento y el municipio les brinden apoyo.

“Hemos tocado distintas puertas, pero no parece haber una intención real de colaborarnos para superar los obstáculos que se nos presentan, aunque saben que el proyecto es real y hemos demostrado que con sólo media hectárea de cultivo, una familia puede obtener los recursos para vivir tranquilamente”, advirtió María Otilia.

Los productos

En sus fincas, los integrantes de la Asociación producen cinco clases de ají: tabasco, chivato, jalapeño, cayeno y habanero, que se distinguen por los colores, la forma y el picante. Aunque los cuatro primeros tienen una misma escala de picante y el último un grado más.

Una pequeña parte de la producción es utilizada por la Asociación para envasar ají en salsa o ají molido, productos que ellos comercializan con la marca Asoproají. Además, otros distribuidores les compran la materia prima y lo venden en el mercado en diversas presentaciones y bajo marca propia, con gran éxito.

Y uno de los objetivos a corto plazo es poder comercializar el ají en otras presentaciones y con algunas combinaciones que enriquezcan el mercado y el gusto de los consumidores.

Un proyecto para olvidar el pasado

Y en esos objetivos los asociados fincan sus esperanzas para emprender un nuevo camino que les permita dejar atrás un triste pasado, como el que quiere enterrar doña Marta Jaramillo, la Fiscal de la Asociación, cuando aseguró que llegó a San José, desplazada de Miraflores, en el mismo departamento de Guaviare.

“Tuve que dejar todas mis cositas botadas porque la guerrilla se me iba a llevar la niña de 14 años. Tocó venirnos y dejar todo botado. Nos vinimos a cultivar ají y cambiamos la coca por el ají”, narró la campesina a Colombia-inn, no sin destacar que su vida ha dado un cambio desde que trabaja en el nuevo proyecto.

O como en el caso de Henry Roa, el Tesorero de la Junta, quien llegó desplazado desde Tomachipán, también Guaviare, donde, dijo, “perdí a mi hermano y a una cuñada”.

Y aunque Wilson Díaz,otro de los miembros de la Asociación,  no es directamente víctima del conflicto, sí recuerda con tristeza que, “al igual, perdí a todos mis compañeros de infancia, en un grupo o en el otro, en un golpe o en otro”.

Pero todos, de una u otra manera coinciden en señalar que creen en el proyecto porque se trata de “un cultivo rentable, y así nos lo paguen a 12 o 13.000 pesos por kilo, lo importante es que con ello podemos vivir”.

“Aunque sabemos que por el momento no tenemos mucho apoyo y hace falta un acompañamiento eficiente, nuestro objetivo para este año es producir cerca de 64 toneladas de ají”, concluyó María Otilia.